7 fueron las plagas de Egipto, y 3 son los males que asolan mi oficina (usuariadas aparte). Para saber cuáles son, lean el título. Para una pequeña explicación, continúen.
Probablemente muchos no saben quién fue Diógenes (por ejemplo, yo hasta hace 2 minutos), pero serán menos los que desconozcan la enfermedad que toma de él su nombre. Todos llevamos un pequeño Diógenes dentro. Nunca sabes cuándo vas a necesitar una impresora matricial que no funciona, 20 CD's de Ubuntu 4.10, los drivers de un módem de 28K, el repertorio de legislación de 1956, o la mejor colección privada de teléfonos de Madrid. En nuestro caso, el proceso consiste básicamente en guardar las cosas hasta que no nos acordámos de por qué las guardamos, o para qué las podríamos necesitar. El día que a alguien se le ocurra apuntarlo, se producirá el colapso.
La cleptomanía es otra enfermedad muy chunga y, cuando tu mesa está entre la impresora de red por la que toda la oficina caga sus pensamientos y la máquina del café, puedes olerla en el aire. Sea para corregir el dato que se descubre erróneo en el viaje por el pasillo hasta la impresora, sea por vicio, el caso es que la media de duración de un boli en mi mesa es de 2 días. Si los tuviera que gastar ya habría escrito 7 Quijotes. Por suerte, un tercer elemento casi adyacente a mi mesa es el armario del material, así que con las mismas. Ya ni me enfado.
El síndrome del zapato es mucho más divertido. El término lo acuñó uno de mis jefes en un momento de extremada negatividad acerca de la proactividad de nosotros, su personal:
Si mañana a mí se me va la olla y dejo un zapato sobre la mesa de la sala de juntas, me juego el cuello a que una semana después sigue ahí, y nadie piensa "este tío es gilipollas" sino "¿para qué habrá puesto ese zapato ahí? yo me callo que seguro que es por algo".
Aquel día, yo le quité la razón (al fin y al cabo era uno de los injuriados), y me puse alerta ante posibles apariciones de zapatos sobre el mobiliario.
Pues bien, este lunes hemos tenido un síndrome del zapato de libro. Menos mal que yo no fui el pusilánime. Sólo fui el idiota que puso el zapato.
El viernes, a última hora, y con ayuda de la sección masculina, estuve moviendo muebles en mi despacho, para sacar mi mesa del paso (ver cleptomanía, supra). Movimos la mesa, la impresora, los archivadores, todo, de forma que ahora tengo una especie de cubículo formado por archivadores, puestos de espaldas a mí, y formando, a su vez, un pasillito que une la puerta con la impresora y la máquina del café. De este modo, ya no se puede robar en mi mesa con la excusa ni de tomar un café, ni de recoger un papel impreso, ni de consultar el archivo. Sólo vale la excusa de robar en el armario del material. Cosas más absurdas se han visto.
El caso es que, en el fragor de la batalla, nos dejamos el perchero de Ikea en todo el puto medio del citado pasillito, impidiendo, como en "Casa tomada", el acceso al café, la impresora, mi cubículo y medio archivo. En eso iba pensando la mañana del lunes, subiendo en el ascensor con legañas a las 9:15 ("mierda, me van a echar la bronca"). Cuando subí, aluciné pepinillos: el perchero seguía estando en el mismo puto medio, y además con dos abrigos colgados. Impagable. Mientras le buscaba un sitio mejor, no podía evitar la imagen mental: algún compañero, queriendo tomar café, y dándose media vuelta al topar con el perchero. Los Lemmings somos así.

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